En muchas ocasiones puse en discusión la idea de “urbanizar el campo”, lo que no quiere decir que proponga que se debe “asfaltar todo”. La propuesta se basa en la idea de dotar de servicios (servicios básicos, salud, educación) y calidad de vida a los asentamientos rurales con base en la productividad de su región inmediata.
En una visión holística del territorio, esto significa dar funcionalidad a ciudades pequeñas e intermedias y accesibilidad a los asentamientos dispersos a estos servicios en un sistema articulado en el que los centros poblados deben actuar como nodos de transformación económica vinculados a su región inmediata y cuya función no es solo facilitar la salida de materia prima, sino generar valor agregado en origen.
Generar valor agregado en origen parte de entender la economía comunitaria, no la del discurso sino la verdadera, en la que, iniciando con la tierra de la comunidad, resultado de la Reforma Agraria y preservada a lo largo de los años, a la que podría incluirse la parcela particular, se buscaría fortalecer desde el Estado la asociatividad de productores, un primer paso a la institucionalidad necesaria.
El producto debe ser seleccionado, tratado, procesado, empacado en el lugar de origen. Por ejemplo: Caranavi no debe ser solo origen de café o de cítricos, sino un centro especializado en su transformación, empaque y comercialización; ciudades como Viacha, Achacachi o Patacamaya deben asumir roles productivos y logísticos específicos que potencien la vocación de sus regiones (como la lechería o la producción de granos), no con empresas estatales, con empresas comunitarias.
En esta visión y como en la que planteó el concepto de “agrópolis-urbana”[1], las ciudades intermedias, incluso las pequeñas, dejan de ser simples receptoras de migración convirtiéndose en nodos motores del desarrollo regional y del equilibrio del territorio. Su papel es fundamental para romper la dicotomía entre el campo y la ciudad en un sistema común interconectado.
Esto implica avanzar hacia un sistema de ciudades articulado, donde cada centro poblado cumple una función o rol específico dentro de una red que integra las regiones agrícolas, mineras o turísticas con los flujos urbanos, ofrece oportunidades reales de empleo, servicios especializados e innovación permitiendo que el territorio comience a retener población en lugar de expulsarla hacia las periferias degradadas de las ciudades mayores.
[1] Núñez del Prado, José, «La relación entre desarrollo rural y academia en la mira: El caso del CIDES-UMSA», FAO-Umbrales 30, 2016